jueves, 20 de agosto de 2020

El Monasterio de San Benito llega a su nuevo emplazamiento


El Monasterio de San Benito está compuesto por una comunidad incipiente, fundada por el padre Alcuin Reid. Se ubica en la Diócesis de Fréjus-Toulon, Francia, y hasta hace poco los hermanos vivían de manera provisional en las dependencias de la parroquia de La Garde-Freinet, cuyo culto era atendido por los monjes. El Monasterio de San Benito adopta, desde su fundación, la Sagrada Liturgia Romana, previa a las reformas modernistas; y el Breviario y Ritual benedictinos, íntegros e intactos, también anteriores a la revolución vaticanosegundista.

Recientemente, esta comunidad adquirió una vieja encomienda de freires templarios y caballeros de la orden de Malta, en estado de ruina, como lugar donde asentarse. La casa se levantó en el siglo XI con ayuda de los monjes de la Abadía de San Víctor, en Marsella. 

Dom Alcuin Reid y sus dos primeros monjes llegaron el pasado 10 de agosto al nuevo emplazamiento, y en la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto, tuvo lugar la bendición de la vieja capilla de Brignoles, bajo la advocación de San Cristóbal. Puede leerse con más detalle la crónica de esta gesta en la web de la fraternidad: aquí.

Nos identificamos plenamente con nuestros hermanos benedictinos, en cuyo progreso vemos reflejados nuestros propios pasos, y pedimos oraciones para ellos y también para nosotros, pobres ermitaños de San Raimundo. 

Que la Bienaventurada Virgen María, Asunta al cielo en cuerpo y alma, oiga nuestras súplicas y nos consiga gracia y fortaleza: para que nuestra amada España, tan castigada por los enemigos de la Iglesia Católica, pueda albergar al fin un monasterio benedictino tradicional. Que así sea.





martes, 11 de agosto de 2020

Lecciones del monacato anglosajón antes del Vaticano II (Segunda parte y final)

La comunidad de monjes benedictinos procedentes de Caldey levantó, en poco tiempo, un hermoso monasterio en Prinknash, valle de Gloucester (ver entrada anterior). Y allí se establecieron definitivamente. 

De esta nueva casa llama la atención la belleza del presbiterio, en la cabecera de la capilla. Trazado en estilo neogótico, con una ornamentación llena de armonía, respetando el principio de sobriedad monástica sin renunciar a la riqueza que la gloria de Dios exige en el culto de la Iglesia.








En 1941, el canónigo JB O'Connell obtuvo permiso del abad Wilfrid Upson para tomar una serie de fotografías de la liturgia celebrada en la abadía. Las imágenes estaban destinadas a ilustrar el libro titulado Descripción de las ceremonias del rito romano que por entonces escribía este reverendo, y fueron realizadas por técnicos del Walwin Studio de Gloucester. Parece ser, según cuenta el blog de Saint Bede Studio en un artículo de 2009, que los monjes posaron para las fotografías renunciando a ciertos detalles que impone el ritual benedictino con el propósito de amoldarse perfectamente al rito romano y servir de elocuente ilustración para la obra del padre O'Connell. Mas a pesar del artificio, las imágenes nos demuestran tres realidades:

  1. El esplendor de la forma en estos años últimos, antes de la irrupción  de la nueva liturgia elaborada por Bugnini y sus secuaces.
  2. La perfecta armonía entre la arquitectura sagrada, el mobiliario, los paramentos y las vestiduras litúrgicas.
  3. La unción de los ministros y sus acólitos, que trasluce una Fe católica firme y verdadera.






Tras obtener el estatus abacial en 1937, el abad Wilfred Upson impulsó el proyecto de un nuevo monasterio, grande y ambicioso. El arquitecto Harry Stuart Goodhart-Rendel fue el encargado de materializar este empeño, proponiendo un estilo neorrománico con referencias bizantinas, de dimensiones colosales, del que sólo pudo realizarse la cripta. Pues la muerte de Goodhart-Rendel en 1959 frustró el proyecto, que unos años después fue retomado por el racionalista FG Broadbent. Desgraciadamente, este autor reformuló la estética conforme a los principios corbuserianos.



Los monjes se mudaron al nuevo edificio en 1972, pero retornaron al Prinknash original, pequeño y apacible, en 2008, donde actualmente siguen residiendo. Durante el reinado de Benedicto XVI intentaron adoptar la liturgia y costumbres tradicionales, pero la llegada de Jorge Mario Bergoglio les devolvió al Novus Ordo.

El Prinknash racionalista, nunca finalizado
y abandonado por la comunidad de monjes.

domingo, 31 de mayo de 2020

Lecciones del monacato anglosajón antes del Vaticano II (Primera parte)

La Abadía de Caldey fue fundada en 1906 por una comunidad monástica anglicana, en la isla de Caldey, en la costa sur de Gales. Unos años después, en 1913, la mayor parte de los monjes fueron recibidos en la Iglesia Católica, dentro de la Orden Benedictina, a excepción de un pequeño remanente anglicano que salió de Caldey y se mudó a Pershore Abbey, en Worcestershire. Esta casa había pertenecido a los monjes, pero entonces fue devuelta  a su donante anglicano original. 

En 1925, el florecimiento de vocaciones los impulsa a fundar un nuevo cenobio en Prinknash  (valle de Gloucester en la Diócesis de Clifton).  Y cuatro años después, en 1929, toda la comunidad de Caldey se traslada a Prinknash y cede el primer monasterio a sus hermanos trapenses, que siguen habitándolo hasta el día de hoy.

El edificio fue construido en estilo historicista, bajo un espíritu neo-románico, siendo el más bello ejemplo de aplicación de los principios del movimiento Arts an Crafts a la arquitectura monástica del siglo XX.

El racionalismo corbuseriano, unido a la herejía modernista que cundió dentro de la Iglesia Católica desde los años 60, mutiló muchos detalles de la fundación original, entre ellos el precioso altar mayor y el imponente coro. Las fotografías proceden del blog btsarnia, que dirige el señor Richard Barton. 










Coro y presbiterio, en la actualidad.


sábado, 18 de abril de 2020

San Benito José Labre, mendigo y peregrino


«En este mundo todos somos peregrinos en el valle de lágrimas: caminamos siempre por el camino seguro de la Religión, en Fe, Esperanza, Caridad, Humildad, Oración, Paciencia y Mortificación cristiana, para llegar a nuestra patria del Paraíso». 
Ésta era una de las máximas preferidas de San Benito José Labre, que corresponden perfectamente a su testimonio de vida. Vivió 35 años, y trece los pasó como peregrino por las calles y caminos. Con razón se le llamó el vagabundo de Dios o también el gitano de Cristo, mejores expresiones que no la de santo de los piojos como también se le decía.

Benito José Labre nació en San Sulpicio de Amettes, diócesis de Boulogne entonces (hoy diócesis de Arras), en Francia, el día 26 de marzo del año 1748.

Sus padres, Juan Bautista y Ana Bárbara Grandsire y sus hermanos comían de lo que recolectaban de una pequeña granja y con los escasos ingresos de una tienda de artículos de mercería, aunque esto no era suficiente, por lo que vivían de manera muy precaria ya que la familia estaba compuesta por quince miembros (familia numerosísima). Benito José era el mayor y fue a la escuela que estaba bajo la tutela del párroco del pueblo, mostrando una seriedad superior a la que correspondía a un niño de su edad y un carácter nada frívolo. Estos detalles son destacados en las Actas del proceso de canonización y en una biografía suya que escribió después de su muerte, el que fuera su confesor, el padre Marconi. Con doce años se fue con su tío materno y padrino, don Francisco José Labre, párroco de Erin, que lo introdujo en las enseñanzas propias eclesiásticas, entre ellas el latín.

Abadía cisterciense de Sept-Fons, único monasterio
en el que San Benito J. Fabre fue admitido al noviciado

Teniendo dieciséis años quiso ingresar en la Trapa, hacerse monje trapense, pero su familia se opuso rotundamente. En el año 1766, cuando murió el párroco de Erin atendiendo a los enfermos de peste, aconsejado por otro tío suyo que también era sacerdote, se fue a la Cartuja de Santa Aldegunda con la intención de entrar en la comunidad, pero no fue admitido al noviciado. Ante estos reveses, se inició en él una etapa de incertidumbres, de angustia y de depresión, pero no desfalleció y caminando más de sesenta leguas a pie en pleno invierno y bajo la nieve se marchó a la Trapa de Montagne, en la Normandía, pero otra vez fue rechazado por los monjes; lo vuelve a intentar en la Cartuja de Nouville y tampoco.

Estaba abatido, desolado, angustiado, cansado, pero seguía en sus treces y así, en noviembre de 1769 consigue entrar en el noviciado de la Abadía cisterciense de Sept-Fons, pero como a los monjes les hubiera gustado verlo con menos ansiedad, más equilibrado (tenía muchos escrúpulos) y más santo, no lo consideraron apto para vivir dentro en clausura y educadamente fue expulsado por el abad. Otro nuevo revés para Benito José, que humildemente lo aceptó diciendo: 
«Será la voluntad de Dios».


Así, cansado pero no desanimado se fue a Roma estando convencido de que allí encontraría un monasterio apropiado que lo acogiese. En el camino, al llegar a Chieri en el Piamonte italiano, en agosto del año 1770, escribió su última carta a sus padres. Y allí, en Italia, encontró su verdadera vocación, ya que estaba destinado a vivir en una soledad mayor que la que él buscaba en los monasterios. Lo había ido pensando durante todo el camino y decidió ser el vagabundo de Dios, un peregrino errante, un mendigo.

Este es otro caso de los santos llamados locos de Cristo, muy comunes en oriente, pero esta vez en occidente, en la mismísima Roma. Se desprende de lo poco que tiene, se abandona totalmente viviendo en la intemperie, siempre descalzo aun en invierno, con la ropa sucia y hecha jirones, atacado por los insectos en su propia carne (chinches, piojos…), durmiendo al raso, pero siempre en continua oración que nada ni nadie era capaz de interrumpir. No quería tener absolutamente nada; solo vivir para Dios y ayudar a quienes consideraba que estaban peor que él. Iba vestido con una sucia túnica y con un escapulario que tenía de cuando había sido novicio en Sept-Fons, llevando siempre a cuestas, en una alforja a la espalda, todo lo que tenía: el Nuevo Testamento, el libro La imitación de Cristo y el breviario que rezaba diariamente, porque había aprendido el latín. En el pecho, sobre la túnica, una cruz y en las manos, siempre, el rosario.

Se llevaba horas y horas dentro de cualquier iglesia, absorto en oración ante el Santísimo Sacramento pues era muy devoto de las Cuarenta horas, y allí se le podía ver rodeado de un gran resplandor, cosa que sucedió en la Basílica de los Doce Santos Apóstoles, asistiendo diariamente a Misa y comulgando, aunque algún sacerdote lo mirase de reojo en más de una ocasión. Un poco de pan y poco más era su comida diaria. No pedía limosnas aunque vivía voluntariamente cual vagabundo y como todo lo que le daban, aunque no pedía, lo consideraba superfluo, se lo repartía a los otros pordioseros romanos. Dormía siempre a la intemperie o bajo un árbol o bajo cualquier cobertura si estaba lloviendo: portal, debajo de un puente.

Fue un peregrino errante. Peregrinó al Santuario de Loreto varias veces y a la Basílica de San Francisco en Asís (Perugia) y también estuvo en Nápoles, Bari y Fabriano (Ancona). Visitó Santiago de Compostela, la Abadía de Einsiedeln en Suiza y el monasterio de la Visitación en Paray-le-Monial (Francia). En Francia fue mal visto, lo miraban con indiferencia, pero en alguna parte lo acogieron con respeto como por ejemplo en el hospicio de Paray-le-Monial, donde las migajas de sus comidas eran recogidas y guardadas como verdaderas reliquias. En Suiza lo acogieron con un cierto temor religioso unos y con desprecio otros y en Italia le llamaban el santo francés.

San Benito José Labre haciendo oración,
en el lugar del Coliseo romano donde dormía.

Un día, un sacerdote, viendo la vida que llevaba, le llegó a preguntar cómo podía soportar eso, de qué material estaba hecho y Benito José le contesto: 
«Mi cabeza es de fuego para amar a Dios, mi corazón es de carne para poder tener caridad con mis hermanos y mi voluntad es de bronce para tratarme duro a mí mismo». Como un loco por Cristo, quería vivir en la más absoluta miseria, cumpliendo a rajatabla lo dicho por el Divino Maestro: «no os preocupéis de qué comeréis o qué beberéis» y «no llevéis alforjas, ni dinero ni dos túnicas».

San Benito José Labre, escuchando la Santa Misa.

Los últimos años de su vida los pasó en Roma, durmiendo normalmente en un resquicio, bajo las ruinas del Coliseo. Como consecuencia de un resfriado mal curado, una mañana del mes de abril del año 1783, en plena Cuaresma, fue encontrado inconsciente en la calle que conduce a la iglesia de Santa María ai Monti. Lo recogieron y recibió la Unción de los Enfermos. Murió el día 16 de ese mismo mes en la parte trasera de una carnicería que le había recogido; tenía treinta y cinco años de edad. Se corrió la voz por toda la ciudad de Roma: había muerto el santo vagabundo y como era considerado realmente así, lo sepultaron dentro de la iglesia a la que se dirigía: Santa Maria ai Monti, a la izquierda del altar mayor.

Ábside y altar mayor de la iglesia de Santa Maria ai Monti, en Roma.

Altar de San Benito José Labre,
en la Iglesia de Santa Maria ai Monti, en Roma.



Su confesor, el padre Marconi, que era profesor del Colegio Pontificio, publicó su biografía el mismo año de su muerte incluyendo en ella la narración de varías curaciones milagrosas realizadas por Benito José y que solo conocían los interesados (que lo corroboraron) y el propio confesor. Seis años después de su muerte había imágenes suyas en Suiza, Francia, Alemania y otros países, incluida la propia Italia. Fue beatificado por el Beato papa Pío IX en el año 1861 y canonizado por León XIII el día 8 de diciembre del año 1881. Su fiesta se celebra el día 16 de abril.

Fuente: Jesús Cano Moreno

Mascara que se hizo a las pocas horas
del tránsito al cielo de San Benito José Labre.

sábado, 14 de marzo de 2020

Oración a San Roque, confesor y peregrino, en tiempos de epidemia

San Roque es el abogado contra la peste y enfermedades contagiosas, invoquémoslo —como ha hecho siempre el pueblo cristiano— para que nos libre de los virus que pueden matar el cuerpo, pero sobre todo que nos libre del virus del pecado que mata el alma.


✠ ORACIÓN A SAN ROQUE ✠

Preciosísimo confesor de Cristo, glorioso San Roque, otro David de la ley de gracia por la mansedumbre y rectitud de corazón; nuevo Tobías en el tiernísimo afecto para con los pobres y por la constancia en ejercer las obras de misericordia; cual otro Job, prodigio estupendo de paciencia y fortaleza en los dolores y trabajos con que el Cielo te probó: ¡Cuánto me alegro que en este mundo orgulloso, sensual y ambicioso, aparezcas tú tan pobre, humilde y mortificado, distribuyendo a los pobres tu opulentísimo patrimonio, y mendigando el pan hasta Roma en traje de peregrino! Y como si nada fueran ni las llagas y dolores, ni el hambre que te aqueja, ni el abandono en que te ves, hasta no tener a veces más recurso ni amparo que el pan que te envía el cielo por medio de un prodigioso perro; como si nada fuera aún el verte encerrado en un horrible calabozo cinco años enteros por tu mismo tío, que, sin conocerte, te trata de espía; te entregas generoso a los rigores de la más asombrosa penitencia.

¡Oh, cuánto condena esta tu vida penitente, pobre y humilde, el orgullo, la ambición y sensualidad de la mía! No extraño seas tú visitado con indecibles favores y gracias celestiales, al paso que yo soy castigado por la divina Justicia, con razón irritada por los vicios y pecados míos. Pero aplácala, dulce Patrón y abogado contra la peste. Tú que libraste a Roma, Plasencia y tantas otras ciudades de este azote devastador, libradme también a mí y libra de él a esta tu ciudad que pone en ti toda su confianza. Cúmplase en nosotros la dulce promesa que el Cielo dejó escrita en aquella misteriosa tabla que apareció sobre tu glorioso cadáver: Los que tocados por la peste, invocaren a mi siervo Roque, se librarán por su intercesión de esta cruel enfermedad.

(Pídase al Santo la gracia que se desea, y récense luego cinco Padre Nuestros, Ave Marías y Glorias en memoria de los cinco años que estuvo preso.)

✠ ORACIÓN A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ✠

Atiéndenos, Señor, salvación nuestra, y mediante la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen, Madre de Dios, del bienaventurado San Roque y de todos los Santos, libra a tu pueblo de los terrores de tu ira, y hazle seguro con la prodigalidad de tu misericordia.

Hazte, Señor, propicio a nuestras súplicas, y cúranos los males del alma y cuerpo, para que alcanzado tu perdón, en tu constante bendición nos regocijemos. Así sea.

FUENTE: Tradicionalismo católico. El Excmo. Sr. Arzobispo de Buenos Aires, Dr. Mariano Antonio Espinosa, concedió 100 días de indulgencia a este ejercicio piadoso el 17 de Mayo de 1920.

lunes, 16 de diciembre de 2019