sábado, 12 de enero de 2019

La verdadera opción benedictina / por Roberto de Mattei (extracto)

Publicamos un fragmento del discurso pronunciado por el profesor Roberto de Mattei en la apertura de la Catholic Identity Conference, que tuvo lugar del 2 al 4 del mes de noviembre de 2018, junto a Pittsburgh (Pensilvania). El texto de la conferencia se ofreció como primicia en The Remnant el pasado 5 de enero, bajo el título de La Iglesia en crisis: el acto final del Concilio Vaticano II . Una versión completa en español puede leerse en Adelante la Fe. Agradecemos al profesor su valiente discurso en defensa de la Tradición católica y su lúcida reflexión del miles Christi, figura tan importante en la espiritualidad monástica y tan necesaria en la actualidad, en este tiempo de confusión, demolición y apostasía. 



(...)
El 11 de septiembre de 2018, se presentó en la Cámara de Diputados romana el libro de Rod Dreher, titulado La opción benedictina (1). Entre los ponentes se encontraba el arzobispo Georg Gänswein, prefecto de la casa pontificia.

Dreher es un personaje ambiguo. Se presenta a sí mismo como católico, pero ha abandonado la Iglesia para adoptar la religión ortodoxa. El título de su libro también es ambiguo, porque la opción benedictina de la que habla no es la de San Benito, sino la de Benedicto XVI. En una entrevista reciente con el diario "Il Giornale", un periodista le preguntó: «Hay algunos que piensan que la opción benedictina significa la opción de Ratzinger». Dreher respondió: «Bueno, me refiero a San Benito, pero es cierto que Benedicto XVI es el segundo Benedicto de la opción benedictina».

El arzobispo Georg Gänswein, por su parte, elogió la «maravillosa inspiración del libro», que representaría una confirmación de algunas enseñanzas de Benedicto XVI. 


Sostengo que entre las semillas de renovación [del catolicismo tradicional] y el mundo posmoderno no puede haber coexistencia pacífica, sino lucha, y he calificado de catacumbalista la estrategia escapista de Dreher: la ilusión de salvarse con arcas de salvación, islas privilegiadas en las que sobrevivir renunciando a combatir el mundo moderno.

Su opción benedictina aparece así como resultado del rechazo a la concepción militante del cristianismo que ha surgido a raíz del Concilio. Este rechazo sustituye los muros por puentes, porque ya no hay cosmovisiones contrapuestas, y las diversas confesiones religiosas pueden unirse basadas en un sentimiento genérico de trascendencia. Pero esta estrategia existencial que procede del mundo moderno es muy distinta de la actitud combativa del verdadero San Benito.

Los monjes benedictinos fueron conquistadores. Dejaron el mundo para conquistarlo. Por eso Pío XII llamó a San Benito padre de Europa, y afirmó que «mientras las hordas de los bárbaros se extendían por las provincias, aquel que fue llamado el último de los romanos, conciliando romanidad y Evangelio, trajo la ayuda necesaria para unir a los pueblos de Europa bajo el pabellón del auspicio de Cristo y ordenar felizmente la sociedad cristiana. De hecho, desde el Mar del Norte al Mediterráneo y del Atlántico al Báltico se extendieron legiones de benedictinos que con la Cruz, los libros y el arado domesticaron a aquellos pueblos rudos e incultos».

La vocación de los monjes se complementó con la de los caballeros. Monjes y caballeros construyeron la sociedad cristiana medieval. La expresión más alta del Medievo fueron precisamente los monjes caballeros, como los Templarios, cuya regla redactó San Bernardo de Claraval (2). Hoy en día necesitamos hombres así, con ese espíritu. Por el contrario, diríase que la idea de Dreher y del arzobispo 
Gänswein consiste en preparar a los católicos para que soporten con paciencia la persecución, a la espera de tiempos mejores; volver, en espíritu, a la época de las catacumbas, porque no se vislumbra un inminente triunfo de la Iglesia sobre el mundo moderno. Ahora bien, ¿realmente esto es así?


San Benito de Nursia,
padre del monacato occidental.

(...)

Una Iglesia líquida pide católicos líquidos, sin identidad, sin una misión que cumplir e incapaces de combatir, porque combatir significa resistir, resistir a su vez significa permanecer, y permanecer significa ser. La Tradición es el Ser que se contrapone al devenir, cuya fugacidad va derecha hacia el mar de la nada. Tradición es aquello que permanece estable en el continuo devenir de las cosas, lo inmutable en un mundo cambiante, y lo es porque tiene en sí un reflejo de la eternidad.

El corazón de la Tradición está en el propio Dios, el Ser por esencia, que es inmutable y eterno. En Él y sólo en Él, y en Aquella que es reflejo perfecto de Él, la Santísima Virgen María, pueden los defensores de la Fe y de la Tradición encontrar las fuerzas sobrenaturales que necesitan para afrontar los tiempos de crisis que atravesamos.

La revolución anticristiana que atraviesa la historia detesta el Ser en todas sus expresiones y contrapone al Ser la negación de lo que es en la realidad estable, permanente y objetivo, empezando por la naturaleza humana, disuelta en la ideología de género.

Así pues, el horizonte ruinoso que tenemos por delante es la expresión de ese proceso revolucionario, y fruto de una labor de licuefacción de la sociedad y de la Iglesia. Un proceso elaborado por los agentes del caos, por sociedades que aspiran a re-crear o destruir el mundo. Este itinerario conduce, no obstante, a una inevitable derrota de la revolución.

(...)
En una primea acepción, las Cruzadas se pueden entender como empresas armadas en defensa de la Fe y de la Civilización cristianas. En este sentido, se cuentan entre las Cruzadas, por una parte, la Reconquista española contra los moros y, por otra, en los siglos sucesivos, las batallas de Lepanto, de Viena y de Budapest contra los turcos.

En un sentido más estricto, el nombre de Cruzadas define las expediciones militares emprendidas por el Papado para la liberación del Santo Sepulcro entre los siglos XI y XIII.

(...)
Nuestra evocación de las minorías combatientes no es una exhortación a una lucha cruenta, sino a un espíritu combativo motivado por la convicción de que la lucha es parte de la naturaleza humana y de que la gracia divina ayuda a quien no abandona ni deserta.


(...)
Nosotros somos también pocos hoy en día. Estamos desprovistos de los medios materiales que proporcionan los poderes políticos, económicos y mediáticos. Estamos cubiertos de las heridas causadas por nuestros pecados. Se nos aísla y se nos trata como a leprosos por nuestra fidelidad a la Tradición. No obstante, si tenemos valor para resistir, para no retroceder, para atacar al enemigo que avanza (...), la victoria será nuestra, porque nuestro amor a la Iglesia y la Civilización Cristiana es más fuerte que la muerte. Y como dice el Cantar de los Cantares, «no valen las muchas aguas para apagar el amor ni los ríos pueden ahogarlo» (Cant 8, 6-7).

Por eso, no queremos volver a las catacumbas. Hoy en día, el lábaro de Constantino, los estandartes de las Cruzadas y el pendón de Lepanto no son el signo de una guerra armada, sino el símbolo de una actitud espiritual: la disposición de ánimo de quien está convencido de que, como dice San Pío X, «la civilización del mundo es civilización cristiana: tanto más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto más genuinamente cristiana». Éste es el estado de ánimo de quien tiene la convicción de que la civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad, que anunció Nuestra Señora en Fátima, y por el cual seguimos luchando cada día con confianza y valentía.


(1) Rod Dreher, La opción benedictina, una estrategia para los cristianos en un mundo post-cristiano , Sentinel Press, 2017.
(2) NOTA DE LOS EDITORES DEL BLOG: San Bernardo no escribió ninguna Regla para monjes. La de los templarios fue escrita en 1128 por iniciativa del Concilio de Troyes. La obra de Bernardo titulada Glorias de la nueva Milicia fue escrita como exhortación a los caballeros templarios, con el fin de dar a conocer la nueva orden religiosa en occidente.

jueves, 3 de enero de 2019

DECLARACIÓN

Francisco de Zurbarán: Inmaculada. 1632.
Museo de Arte de Cataluña.

Los Monjes Comendadores renovamos cada 8 de diciembre un voto privado llamado inmaculista, en el que juramos creer, confesar y defender que la Santísima Virgen María, Madre de Dios, por un privilegio especial del Altísimo, fue preservada de la culpa original que todos contraemos al nacer. 


El pasado 21 de diciembre, el Santo Padre predicó ante los trabajadores del Vaticano, y declaró lo siguiente:
«Entonces, ¿quién está feliz en la cuna? La Virgen y San José están llenos de alegría: miran al Niño Jesús y están felices porque, después de mil preocupaciones, recibieron este regalo de Dios con tanta fe y tanto amor de santidad y, por lo tanto, de alegría, y me dirán: “¡Son Nuestra Señora y San José!” Sí, pero no creamos que es fácil para ellos: los santos no nacen, sino que llegan a serlo, y esto también se aplica a ellos.»

En este enlace puede verse el vídeo que testifica las palabras erráticas.

Aquí no sirven las justificaciones hermenéuticas que recurren al sentido del contexto y todo eso. El papa ha dicho lo que ha dicho: que la Virgen María no nació santa, y ante tal blasfemia pedimos una reparación por boca del mismo pontífice.



Atacado, pues, el depósito de la Fe, los Monjes Comendadores, hijos de San Raimundo de Fitero (fundador de la Milicia de Calatrava) y San Guillermo de Vercelli (eremita en el Monte Virgen), declaramos:
  • Que la predestinación de María a la maternidad divina encierra, como consecuencia moralmente necesaria, su predestinación a la gracia y a la gloria.
  • Y como en la predestinación a la gracia y a la gloria caben grados muy diversos, declaramos que el grado de gracia y de gloria a que fue eternamente predestinada la Santísima Virgen María es tan grande y sublime, que rebasa con mucho el de todos los ángeles y bienaventurados juntos, siendo superado únicamente por la gracia y la gloria de su divino Hijo Jesús.
  • Que la predestinación de María a la gracia y a la gloria fue enteramente gratuita por parte de Dios en el orden de la intención, sin tener para nada en cuenta los futuros méritos de María; pero en el orden de la ejecución la Santísima Virgen mereció con la gracia de Dios el grado altísimo de gloria de que goza actualmente en el cielo.
Y así creemos firmemente y acatamos la proclamación dogmática que el Vicario de Cristo en la tierra, su santidad Pío IX, pronunció el 8 de diciembre de 1854:
  • Que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original.
  • De donde se define implícitamente que la Santísima Virgen fue, por especial privilegio de Dios, enteramente inmune durante toda su vida de todo pecado actual, incluso levísimo.
De las dos conclusiones anteriores que formulan el dogma, la Sagrada Teología ha deducido lógicamente otras tres, que evidencian el error declarado por Francisco el pasado 21 de diciembre:
  • Que la Santísima Virgen María fue enteramente libre de la inclinación al pecado, desde el primer instante de su concepción inmaculada.
  • Que la Santísima Viergen María no sólo no pecó jamás de hecho, sino que fue confirmada en gracia desde el primer instante de su inmaculada concepción y era, por consiguiente, impecable.
  • Que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción inmaculada, fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los ángeles y bienaventurados juntos.
Y aunque la gracia inicial que recibió en el instante de su concepción fue inmensa, no fue ni pudo ser infinita, pues ésta es la gracia propia y exclusiva de Cristo. De manera que la gracia divina creció y se desarrolló indefinidamente a lo largo de la vida de la Virgen, hasta que, terminado su curso terrestre, alcanzó una plenitud excelsa (mas nunca infinita). Y siendo esto así, resulta inadmisible afirmar que la Madre de Dios no nació santa, sino que llegó a serlo, del modo tan grueso que usó el papa en su alocución del pasado diciembre.

Por todo ello, pedimos al romano pontífice una retractación del error y rogamos humildemente, como ya hiciera Mons. Nicola Bux hace unos meses, una declaración pública de los artículos del Credo (Niceno y Apostólico), pues él más que nadie tiene la grave obligación de velar, guardar y defender la Fe católica. 


Francisco de Zurbarán: Batalla de Jerez,
con el auxilio de la Virgen María, contra las tropas
infieles. 
 1637. Fue la imagen central del retablo mayor de la
Cartuja de la Defensión, en Cádiz. Tras la desamortización
de 1836, se vendió a los ingleses.

martes, 1 de enero de 2019

El nacimiento de Cristo fue manifestado en el orden debido

Bartolomé E. Murillo: Las dos Trinidades. 1680
Galería Nacional de Londres

«El nacimiento de Cristo fue revelado primeramente a los pastores, en el mismo día en que tuvo lugar. (...) En segundo lugar llegaron a Cristo los Magos, el día trece de su nacimiento, día en que se celebra la fiesta de la Epifanía. Si hubieran venido pasados uno o dos años, no lo hubieran encontrado en Belén, puesto que en Lc 2, 39 se dice que una vez que cumplieron conforme a la ley de Señor, esto es, ofreciendo al niño Jesús en el templo, volvieron a Galilea, a su ciudad, es decir, a Nazaret. En tercer lugar, fue revelado a los justos en el templo, a los cuarenta días de haberse producido, como se lee en Lc 2, 22.

La razón de este orden es que: Por los pastores están significados los Apóstoles y otros creyentes del pueblo judío, a quienes primero fue dada conocer la fe de Cristo, entre los cuales no hubo muchos poderosos ni muchos nobles, como se dice en 1 Cor 1, 26. En segundo lugar, la fe de Cristo llegó a la plenitud de las naciones, prefigurada por los Magos. Y en tercer lugar llegó a la plenitud de los judíos, prefigurada por los justos. Por lo que también a éstos se les manifestó Cristo en el templo de los judíos. 

Como declara el Apóstol en Rm 9, 30-31, Israel, siguiendo la ley de la justicia, no llegó a la ley de la justicia; pero los gentiles, que no buscaban la justicia, se anticiparon en común a los judíos en la justicia de la fe. Y, en figura de esto, Simeón, que esperaba la consolación de Israel, conoció en último lugar a Cristo recién nacido; y le precedieron los Magos y los pastores, que no esperaban con tanto cuidado el nacimiento de Cristo.

Y aunque la plenitud de los gentiles entró primero en la fe que la plenitud de los judíos, sin embargo las primicias de los judíos se anticiparon en la fe a las primicias de los gentiles. Y por eso el nacimiento de Cristo fue revelado a los pastores antes que a los Magos.»

Santo Tomás de Aquino: Suma de Teología. Tratado del Verbo encarnado. Cuestión 36, artículo 6.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Vida de San Juan de Matera

La figura de San Juan de Matera es importante en nuestra espiritualidad, porque está muy ligada a la de San Guillermo de Vercelli. A continuación ofrecemos esta síntesis biográfica, procedente de las notas que hemos preparado a los Episodios de la vida de San Guillermo del padre Giovanni Mongelli, y que incluimos en un anexo de nuestras Constituciones.


San Juan de Matera convence a San Guillermo
para evangelizar el sur de Italia.

San Juan de Matera (1070 - 1139), de nombre seglar Juan Scalcione, también llamado San Juan de Pulsano, nació en Matera, capital de la Lucania (actual Basilicata), en el seno de una familia noble. Desde muy joven sintió atracción por la vida eremítica. Antes de cumplir los quince años abandonó la casa paterna. Vestido pobremente y a lomos de un asnillo, se dirigió a la isla de San Pedro, cerca de Tarento, donde vivió algún tiempo con los monjes basilianos. Marchó después a Calabria y también a Sicilia, en busca de una soledad radical, y se sometió a una praxis ascética muy severa.  Al cabo de una larga maduración espiritual, favorecida por abundantes gracias divinas, retorna a la Lucania y comienza a predicar en Ginosa. Aquí promueve la restauración de una iglesia y organiza un primer monasterio. Falsas acusaciones lo llevan a la cárcel y, una vez liberado, se dirige hacia el Lago Laceno para encontrarse con su hermano Guillermo de Vercelli.

El primer encuentro de ambos santos había tenido lugar en Ginosa, cuando San Juan levantaba su primera fundación. El de Matera convenció al joven Guillermo de que abandonara su proyecto de peregrinación a tierra santa y se concentrase en la evangelización del sur de Italia.

Tras despedirse de Guillermo en el monte Cognato, San Juan de Matera se dirigió al oriente, a la ciudad de Bari. Su predicación exaltada entró en conflicto con el obispo del lugar, y nuevas calumnias recayeron sobre el santo, hasta el punto de ser acusado de herejía. El príncipe normando Grimoaldo Alfaranita intercedió por él y le aseguró, en lo sucesivo, protección y libertad de movimientos. 

En 1130 se establece en el valle de Pulsano, a escasos kilómetros de Matera, y funda una segunda comunidad monástica. La Congregación de Pulsano adoptó la Regla de San Benito y vivió con la aspereza que el joven monje había conocido en los ermitaños basilianos. Caminaban descalzos. No comían carne, ni huevos, ni leche. Vivían del trabajo de sus manos. Vestían túnica de gruesa arpillera, con un escapulario blanco, y era frecuente que los monjes pasaran largas temporadas en cuevas excavadas en la ladera donde se asentaba el monasterio. La comunidad creció en muy poco tiempo. 

El santo se encontraba en Foglia, en la región de la Apulia, tratando de fundar un nuevo yermo para mujeres, cuando le sobrevino la muerte ―por él mismo anunciada― el 20 de junio de 1139. 

La Congregación de Pulsano nombró su último abad en 1379. A partir de entonces el monasterio fue desintegrándose poco a poco, y pasó a la custodia de otras órdenes religiosas. 

San Juan de Matera fue canonizado por el papa Alejandro III en 1177. Su cuerpo se trasladó de Pulsano a Matera en 1830. Una urna de plata conserva sus huesos en la catedral desde 1939, en un altar ubicado en la nave lateral izquierda, entre la Madonna della Bruna y el retablo de Santa Ana.

Panorámica de Matera, capital de la Basilicata,
en el sur de Italia.

viernes, 3 de agosto de 2018

De las Horas canónicas

Fragmento de la obra de Don Antonio Lobera y Abio, presbítero: El porqué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios. Librería de A. Mézin. París, 1846. Págs. 147 -150


VICARIO — Sabe, Curioso, que obligar la Iglesia al rezo de las siete Horas canónicas no es otra cosa que obligar a que en siete horas diferentes del día se ocupen los ministros y religiosos de ella en alabar a Dios (…). Y de éstas quiere que las siete horas consagradas a las alabanzas divinas se llamen canónicas porque en ellas se debe alabar a Dios y cumplir con esta obligación, no rezando voluntariamente lo que cada sacerdote o religioso quisiere, sino lo determinado por nuestra madre la Iglesia, según sus tratados canónicos. Como así nos lo enseña el angélico maestro santo Tomás.
CURIOSO — ¿Es muy antiguo en nuestra madre la Iglesia la división de las horas?
VIC. — Sí, porque tuvo su principio en la sinagoga, lo que afirman todos los santos y doctores que enseñaron esta verdad. (…) Se dicen horas sagradas, porque con intervalo y distinción de tiempos se rezan o cantan, como determinó la Iglesia. Y se dicen canónicas o regulares, porque se cantan a aquellas horas determinadas por los sagrados cánones, y por coro canónico.
CUR. —¿De qué se componen estas sagradas Horas canónicas?
VIC. — Se componen de himnos, salmos y cánticos. El himno, según los Griegos, es lo mismo que verso, o una métrica oración compuesta a mayor honra y gloria de Dios: así lo afirman también san Gregorio y san Agustín. Para el himno se requieren tres cosas: la primera, que sea de alabanza; las segunda, que sea alabanza a Dios; la tercera, que sea cantado. (…) Los himnos han sido compuestos por diversos autores, que se llaman himnógrafos, y cada Festividad tiene el suyo. Y sabe que todos los himnos fueron mandados cantar por decretos de nuestra santa madre la Iglesia.
CUR. — ¿Qué cosa es salmo?
VIC. — Es un canto triunfal de las maravillas de Dios en general. Los cuales compuso David, dando gracias a Dios por tantos favores recibidos por su Divina mano. Fueron compuestos en metro hebreo, como afirman todos los expositores sagrados, y como dice san Jerónimo escribiendo a Paulino. Simbolizan y significan los salmos la buena y divina obra, profetizada por el real profeta David, y cumplida en nuestra ley de gracia.
CUR. — ¿Y qué cosa es cántico?
VIC. — El cántico es un encomio de alguna extraordinaria obra del Señor, como son el cántico de María santísima, el de Moisés, el de Ana, el de Ezequías, el de los Niños del horno de Babilonia y el del sacerdote Simeón. Se dice cántico, porque es una acción de gracias y un gozo espiritual por el beneficio recibido del Señor. Y por esta razón se canta con singular pausa y armonía en los coros. Todo el Oficio Divino es un compuesto de salmos, himnos y cánticos en todas las horas canónicas, cuyo origen viene por tradición apostólica y aprobación de nuestros santísimos padres, como consta de san Gregorio, que dispuso en el Oficio eclesiástico que todas las horas comenzaran con las palabras: Deus in adjutórium, etc. Compuso todo el Oficio en orden, y después san Pío V lo reformó y dispuso con algunas diferencias. De todos los salmos que compuso el real profeta David, hay unos que se llaman Graduales, y otros que se llaman Penitenciales.
CUR. — ¿Por qué se llaman graduales?
VIC. — Porque es cántico de grados y de subida, que salen de la voz hebrea amaloth. Teodoreto y Eutimio dicen que estos cánticos simbolizan la ida de los judíos de Babilonia a Jerusalén, como lo profetizó David cantando su calamidad y libertad. Durando dice (lib. 5 cap. 20) que fueron compuestos para que se cantaran al poner y colocar el arca del Señor en el templo. Descansaba el arca, y se cantaba un salmo. Y como estas gradas del templo de Salomón eran quince como afirma san Agustín, estaban señalados estos quince salmos [del 119 al 134, según Vulgata antigua], y por eso se llamaban y se llaman salmos graduales.
Rodulfo (en la 21 de sus Proposiciones) nota que, de los quince salmos graduales, los cinco primeros se deben decir por los difuntos, y por esto concluyen con Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. Los otros cinco, por nosotros y nuestros amigos. Y los cinco últimos, por todos los fieles católicos. Aunque a mi entender simbolizan estos quince salmos, en la ley de gracia, los quince Misterios del santísimo Rosario, porque en el arca está simbolizada María santísima. Y como debemos dar las gracias a Dios nuestro Señor, porque nos conserva su amistad, y nos aparta de todo lo malo por medio de María, su madre, por eso están en el orden decimoquinto estos salmos.
CUR. — ¿Hay obligación de decir los salmos graduales?
VIC. — No, aunque antiguamente se decían. Porque san Pío V exoneró de esta obligación a los sacerdotes, como consta de su Bula, y concedió infinitas indulgencias a todos los que los rezaren por devoción en el coro o fuera de él.
CUR. — ¿Por qué se dicen los siete salmos penitenciales?
VIC. — Porque los siete nos excitan a penitencia, y nos mueven a dolor y conocimiento de nuestra miseria. Son en número siete [salmos 6, 31, 37, 50, 101, 129 y 142, según Vulgata antigua], contra los siete pecados mortales. Se decían en la Iglesia antes del tiempo de san Agustín, y el santo pidió a sus hijos que se los dijeran en la hora que estaba agonizando. Inocencio III mandó que se dijeran en la Cuaresma, por ser tiempo propio de penitencia. San Pío V mandó que se dijeran en la feria sexta, por ser el viernes día en que pecó Adán y murió Cristo Señor nuestro.
En los Salmos está compuesto todo lo que puede desear el sacerdote o religioso. San Juan Crisóstomo dice (Homilía 6 de Pæniténtia) que es imposible imaginar algún género de alabanzas, de peticiones, de hacimiento de gracias o cosa semejante, que no se halle de manera excelente en los Salmos. El pecador halla su conversión, y las peticiones hechas para pedir su reparo, y espejos claros para reformar su vida. El novicio, la virtud que desea seguir desde sus primeros pasos, y los medios para caminar adelante. Y el sacerdote y religioso consumado en la vida espiritual, segurísimos apoyos para aprovechar siempre. Y finalmente, hallamos todo el remedio a la mano: las alabanzas a Dios, el rendimiento de gracias, las sentencia propias y significativas del dolor y arrepentimiento de la vida pasada y del amor de Dios en la vida presente.
En los Salmos se halla la doctrina, que nos enseña a volar con alas en la oración y contemplación, hasta llegar al tribunal de Dios, y unirnos con su divina esencia. En ellos se halla el perfecto conocimiento de nuestra flaqueza, y cuanta sea la necesidad que tenemos de la divina misericordia. Esta razón movió a nuestra madre la Iglesia para consagrar al Señor este número de Horas canónicas, y obligar a sus ministros y religiosos que las recen o canten.

sábado, 12 de mayo de 2018

Iconografía de San Raimundo de Fitero (V): ecuestre militar

En realidad este tipo es una versión más de las anteriores, con la peculiaridad de que aparece sobre el caballo, lo que le hace estar íntimamente relacionado con pinturas y esculturas de otros santos como Santiago, representados sobre el caballo en auxilio de los cristianos, en recuerdo de sus apariciones en otras tantas batallas de la reconquista.

Pero no sólo Santiago fue representado así, ya que otros santos ligados de una u otra manera a la reconquista o a la propia historia de la España católica aparecerán particularmente durante el Barroco como ecuestres militares. Sin lugar a dudas los modelos de todos ellos son el Santiago matamoros y los retratos ecuestres de nuestros reyes del siglo XVII, al encontrar continuos préstamos iconográficos, aunque se reinterpreten los diferentes elementos. Baste recordar al respecto las iconografías de San Millán, San Fernando, San Isidoro o incluso algunos prelados como el cardenal Mendoza.

No podía faltar en esta serie el fundador de la Orden de Calatrava (1). Aunque no hemos podido localizar un buen número de composiciones con esta iconografía, las autorías de las obras dejan bien claro que tuvieron que existir muchas más, sobre todo en los edificios de los calatravos, privados de sus tesoros durante la desamortización de Mendizábal.

Miguel Jacinto Meléndez: San Raimundo de Fitero.
Parroquia de San Andrés, Calahorra (La Rioja).

El mejor ejemplo pictórico de este tipo es, sin duda, el gran lienzo conservado en la parroquia de San Andrés de Calahorra, quizás procedente del monasterio de Fitero. Esta pintura ha sido atribuida por Elena de Santiago al pintor Miguel Jacinto Meléndez, en base a su estilo y la relación que tiene con la estampa de San Isidoro grabada en 1730 por Juan Bernabé Palomino, con dibujo del mismo Meléndez. La inspiración para este tema está en clarísima dependencia de la iconografía de Santiago matamoros, tan abundante en la centuria anterior y particularmente en el cuadro de Juan Carreño de Miranda conservado en el Museo de Budapest.

Carreño de Miranda: Santiago en la batalla de Clavijo.
Museo de Bellas Artes de Budapest.

Aunque básicamente la composición es la misma, Miguel Jacinto Meléndez modificó algunos elementos para adaptarlos a sus necesidades, como el hábito, el color del caballo, así como las posturas de los sarracenos. Al fondo aparece asimismo la figura de fray Diego Velázquez, hermano y discípulo de San Raimundo en la empresa de Calatrava. El colorido resulta bastante frío, con dominio de los blancos y los marrones.

Conjunto escultórico de apertura a la girola.
Iglesia abacial del monasterio de Osera (Orense).

Otra excelente versión escultórica de esta iconografía se encuentra en el monasterio gallego de Osera. Sobre dos altares que flanquean cada una de las arcadas de acceso a la girola, aparecían sendas esculturas ecuestres, en un lado la de Santiago (hoy perdida) y en el otro la de San Raimundo. Esta última se conserva y apoya en un entablamento sobre el arco que une los retablos. El conjunto escultórico resulta imponente, con el caballo en corbeta y el jinete armado blandiendo la espada para derribar a sendos sarracenos que se desploman desde los propios entablamentos hacia el abismo. Sin duda que esta escultura y la de Santiago contribuían a ornamentar el crucero del monasterio cisterciense. La autoría de este conjunto se atribuye a uno de los mejores escultores del barroco a mediados del siglo XVIII en Galicia: José Gambino, creador además de una excelente escuela de imagineros que subsistirá hasta bien entrado el siglo XIX. Su cronología hay que situarla en tiempos del abadiazgo de fray Plácido Morrondo (1753 – 1756). La asociación del apóstol Santiago con otros santos ligados a la reconquista española resulta particularmente usual en Galicia. En los monasterios benedictinos es frecuente que aparezca junto a San Millán, y en los cenobios cistercienses, en cambio, es lógico que junto a Santiago se colocase a San Raimundo.

(1)  El profesor Ricardo Fernández Gracia pone en duda, en este lugar de su artículo, la participación directa de San Raimundo en el campo de batalla. Sentimos mucho disentir de este enfoque, que merma y desmerece la figura del fundador de la santa Milicia. Basten en su favor estas palabras de la Vida escrita por Jerónimo Mascareñas en 1653: «En el ejercicio civil y militar no perdía Raimundo el cuidado del espíritu. El Cielo fue primero fabricado que la tierra; y el cuidado de las cosas celestes debe preferirse a las terrenas. Con una mano gobernaba las expediciones de la guerra, con la otra tenía el Turíbulo para los obsequios del Santuario. La obediencia de su Rey ocupaba la persona en los intereses militares; la piedad establecía el afecto en la disciplina del Claustro. Con los pasos de los pies caminaba adonde el celo de la Cristiandad les guiaba, por los mismos con el afecto casi por tantos escalones se levantaba a la contemplación de Dios. Era un símbolo, finalmente, de aquella Escala que ya vio Jacob: con una punta tenía el cuerpo en el mundo; con la otra subía con el entendimiento al Cielo.»



 Adaptado del espléndido trabajo del profesor Ricardo Fernández Gracia: Iconografía de San Raimundo de Fitero. Revista Príncipe de Viana, Pamplona Año 54, nº 199 (mayo-agosto de 1993), p. 293-354.